Domingo, 24 de abril de 2005
Su vida era perfecta, sus días transitaban por una rutina tranquila y normal.
Tenía su agenda completa de tareas, se ocupaba de la casa, de sus pacientes, de sus amigas. Tenía la casa al día, hacía las compras, se ocupaba de los arreglos. Vivía.
Si bien no se detenía a reflexionarlo, sentía algo oscuro que le molestaba. Algo había, algo oscuro la amenazaba. Algún día se iba a dormir con un sentimiento inquietante, algo así como angustia.
Pero ella se dedicaba a sus cosas, no tenía ni tiempo ni vocación de ponerse a pensar en qué le estaba pasando. Se pensaba feliz, tenía su casa, su buen pasar, su marido. ¿No es eso la felicidad?
Su marido llegaba todos los días tarde, y cada vez más tarde. Hacía tiempo que no compartían momentos juntos. Ella se sentía molesta, sólo quería que él se amolde a su felicidad. Llegar, comer, mirar tele, contarle de fulana que quedó embarazada...
No tenía tiempo de pensar que algo andaba mal, que algo debían cambiar. No había tiempo de plantearse si eso era la felicidad. No se dio cuenta que dramatizar una felicidad de novela de las 3 de la tarde no iba a dar resultado. No se dio cuenta que la sombra de temor que a veces la perseguía era una persona.
No se dio cuenta.
Hasta que un día se quedó sola.
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