Domingo, 13 de febrero de 2005
La veía todas las mañanas. Yo tomaba el colectivo en la esquina de Mitre y Brandzen a las 7:50. Generalmente nos cruzábamos en la puerta de la fábrica de baldosas sobre Sarmiento. Imagino que trabajaba ahí porque siempre la veía parada en la puerta como esperando a que le abran. Seguramente su horario de entrada era a las 8, pero siempre estaba ahí desde por lo menos 10 minutos antes. Eso me gustaba, seguramente era previsora, organizada, pulcra. Además siempre vestía de manera impecable, contrastando con el aspecto general de abandono de esa fábrica.
Si bien el camino más directo para tomar el colectivo era por Avenida Mitre, un día seguí hasta Sarmiento para no llegar demasiado temprano a la parada. Ese día fue el día que la descubrí. Hacía mucho frío y estaba parada en la puerta, temblorosa, pero gigante.
Pase por delante ella, no me miró, pero supe que algo había cambiado. Desde ese día ajuste mi salida en 4 minutos y cambié el recorrido. A partir de entonces mi cabeza comenzó a ocuparse de ella. La expectativa de volver a verla cada día se fue haciendo cada vez más importante en mi vida.
Y todas las mañanas pasaba a su lado tembloroso, sin mirarla, y sin que me mire.
Un día de invierno al pasar a su lado, sentí su voz por primera vez. Me quedé paralizado. Tarde varios segundos en poder girar la cabeza para mirarla, aunque no me animé a fijar su mirada.
- Tendrás un pañuelo?. Me preguntó.
- No. Le respondí.
Un pañuelo.... que cosa más antihigiénica. A partir de ese día volví a mi recorrido habitual por la Avenida Mitre.
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